Vargas Llosa
se encontraba en un vuelo con destino a las Islas Canarias cuando una azafata
se acercó. La señorita vino a comentarle que un pasajero le había pedido
insistentemente que le permita acercarse a él para saludarlo. El escritor
accedió.
Entonces
se apareció un señor que estaba verdaderamente emocionado. Al hombre le
temblaba la voz: Usted no sabe cuánto lo admiro. A mí me ha cambiado la vida leerlo,
confesó. El literato conmovido con esas manifestaciones no se imaginaba lo que
venía después. Sobre todo Cien años de soledad, que la he releído tantas veces, sentenció el admirador.
El autor
no se atrevió a decirle que estaba equivocado. Me pareció que lo iba a
desencantar y no le dije nada,
confiesa. De tal manera que le dio la mano y el señor se fue creyendo que le dio
la mano a su autor favorito (Gabo). Creo que es la única vez en mi vida que he mentido sobre mi identidad,
revela el novelista entre risas dejando atrás aquella vez que golpeó en el rostro al escritor con el que lo confundieron.
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